Adiós a Benedetto, amigo eterno de la infancia
Hay personas que no necesitas frecuentar para quedarse para
siempre en tu vida. El policía Benedetto Cuaguila era una de ellas.
En aquellos años en los que la televisión aún no invadía
nuestras mentes con programas estridentes, nuestra infancia transcurría entre
historietas, fotonovelas y mundos imaginarios que nos alejaban de la realidad
cotidiana. A pocos metros de nuestra casa, en San Ignacio, vivía Benedetto
Cuaguila, el mayor de los hijos de un respetable policía en actividad y de una
madre amante de la jardinería, cuya casa era un verdadero paraíso terrenal.
Benedetto poseía una colección envidiable de historietas y
novelas gráficas que marcaron nuestra niñez: Archie, Tamakún, La Pequeña Lulú,
Periquita, Bugs Bunny, Memín, Kalimán, Superman, Batman, el Zorro, entre tantos
otros personajes que alimentaron nuestros sueños. También tenía fotonovelas y
libros de aventuras que nos enseñaron a imaginar sin límites.
Cada vez que Bene —como lo llamábamos con cariño— conseguía
el último número de su historieta favorita, la ofrecía como el más grande gesto
de amistad, con una sola condición: no prestarla a nadie más. Mi hermana y yo
leíamos con devoción aquellas páginas sedosas que aún conservaban el olor a
imprenta, sin saber que esos momentos quedarían grabados para siempre en
nuestra memoria.
La vida siguió su curso. Benedetto creció y, siguiendo los
pasos de su padre, vistió el uniforme policial. No llegamos a coincidir en la
adultez; el destino se encargó de llevarlo por otros caminos. Sin embargo, su
figura era evocada en las tertulias familiares, en los recuerdos de aquella
infancia dorada.
Hoy la noticia de su partida enluta esos recuerdos.
Benedetto ha fallecido, y me quedo con algo invaluable: la certeza de haber
tenido un amigo noble, generoso y entrañable en los años más puros de la vida.
Hay amistades que no envejecen, que no se desgastan con el
tiempo ni con la distancia, ni siquiera con la muerte. Permanecen intactas,
refugiadas en la memoria y el corazón. Ahí quedarás Benedetto, como el amigo de
la infancia que nos regaló mundos enteros de papel y sueños, y que hoy vive
para siempre en esa parte luminosa de mis recuerdos.

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