Sol de verano en la Ciudad de la Amistad
Enero se viste de sol y de calor. Ha llegado el verano y, con él, el temor recurrente a las lluvias de estación en nuestra ciudad de Chiclayo, una urbe que, lamentablemente, no está preparada para resistir precipitaciones pluviales debido al deterioro crónico de sus calles e infraestructura.
Chiclayo es una de las ciudades más importantes del norte del país y, aunque ha sufrido una involución evidente a lo largo de los años, el año pasado recibió una noticia que la devolvió al centro de la atención mundial. Su recordado obispo, Francis Prevost, fue elegido Papa tras la muerte del papa Francisco, asumiendo el nombre de León XIV.
La noticia nos sorprendió profundamente, pero lo que más impactó fue que, en su primer discurso, saludara a su diócesis de Chiclayo, en el Perú. Norteamericano de nacimiento, pero peruano por decisión y convicción, recordó con emoción a la tierra que lo cobijó durante años. Ese gesto pintó de cuerpo entero al obispo Prevost: un humilde discípulo de Cristo, cercano a su gente. Aquel saludo lo engrandeció aún más.
Lo que vino después es historia conocida. El mundo volvió sus ojos hacia Chiclayo. Periodistas de distintos países cruzaron océanos para conocer la ciudad que el Papa mencionó desde el balcón del Vaticano en su primer mensaje. Los chiclayanos nos llenamos de orgullo y alegría, pero la realidad, una vez más, nos golpeó de frente.
Los problemas casi eternos reaparecieron con crudeza: desagües colapsados, basura acumulada y calles llenas de huecos. Con ingenio, se creó la llamada “ruta del Papa”, teniendo a Chiclayo como una de las ciudades principales, y hoy nos encontramos en un esfuerzo contrarreloj por preparar la ciudad para la visita de nuestro obispo Prevost, que siempre será nuestro obispo.
Las autoridades han anunciado recapeos, remodelación de iglesias y otras acciones que generan expectativa. Mientras tanto, el sol de enero nos recuerda que el verano ya está aquí, y con él la posibilidad latente de que una lluvia inesperada nos tome desprevenidos.
Esperemos, por el bien de todos, que logremos romper esta especie de maldición y retomar el camino del desarrollo, superando la gran incógnita de cuándo se “jodió” Chiclayo.
Es enero de 2026. Nuevo año, nueva esperanza.
Allá vamos, 2026: sorpréndenos.

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