El Cerrito: una escuela donde el tiempo parece haberse detenido


El colegio José Abelardo Quiñones Gonzáles, ubicada en la urbanización Quiñones, conocido con cariño como “El Cerrito”, es un símbolo de resistencia. Pero también es el reflejo silencioso de una deuda pendiente. Su infraestructura envejecida, erigida sobre un pequeño morro, parece atrapada en otra época, mientras generaciones de estudiantes de nivel secundaria continúan formándose en medio de condiciones precarias.

Como vecina he sido testigo de su estado deplorable. Polvo, piedras y algunos frondosos algarrobos dibujan un paisaje que podría confundirse con el de una zona rural, donde el progreso avanza con lentitud preocupante. Aquí, el paso del tiempo no ha traído consigo mejoras significativas, sino un desgaste visible que duele y que lastima.

Y, sin embargo, este lugar guarda historia. Fue creado mediante Resolución Directoral N.º 0962 el 28 de marzo de 1967 como Escuela Primaria Fiscal Mixta N.º 2283, bajo el liderazgo de su gestora y directora fundadora, la profesora Hilda Flor Barón Fernández de Arias.

En 1968, gracias al esfuerzo conjunto de docentes y padres de familia, se logró una partida económica de la CORLAM que permitió la construcción de seis aulas. Un año después, en abril de 1969, el colegio comenzó a funcionar formalmente en un local cercano a la avenida Juan Tomis Stack.

Pero la historia no estuvo exenta de dificultades. En 1972, el fenómeno de El Niño golpeó con fuerza la ciudad de Chiclayo. El antiguo local, construido sobre desmonte y sin las condiciones adecuadas, colapsó tras las lluvias e inundaciones. La comunidad educativa tuvo que trasladarse temporalmente, hasta que a finales de ese mismo año se levantaron nuevas aulas en el Jr. Huallaga N.º 200, el espacio que hoy sigue siendo su hogar. Desde 1973, ese pequeño cerrito se convirtió en su identidad.



Han pasado más de cinco décadas desde entonces. Y aunque el tiempo ha seguido su curso, la infraestructura parece haberse quedado atrás. Basta recorrer sus exteriores para sentirlo: paredes desgastadas, espacios deteriorados y un entorno que transmite abandono. A pocos pasos, el llamado “parque del frío” refuerza esta sensación, con una cancha de básquet de pavimento quebrado y un entorno descuidado que acentúa la tristeza del lugar.

Y, aun así, hay vida. Los algarrobos se alzan firmes, brindando sombra y frescura a estudiantes que, día a día, siguen asistiendo con esperanza. Porque a pesar de todo, el Cerrito sigue siendo un espacio donde se forman ciudadanos, donde nacen aspiraciones y donde se construye futuro.

Ningún estudiante merece aprender en condiciones que evidencian abandono. Ninguna escuela con tanta historia debería permanecer ajena a la modernidad. El Cerrito no solo necesita atención: la exige.

Tal vez baste una mirada más atenta de las autoridades para empezar a cambiar esta historia. Porque en ese pequeño morro no solo hay aulas deterioradas, hay generaciones enteras que seguirán forjándose allí. Y ellas —las que conducirán el destino de la ciudad y del país— merecen algo mejor.

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