Lo que la lluvia nos dejó
Cada vez que llueve en Chiclayo, la ciudad parece sumirse en el caos. Las calles se anegan, las pistas se deterioran y los huecos se vuelven más profundos. Tras la tormenta, el polvo invade el ambiente y sus partículas se convierten en caldo de cultivo para enfermedades respiratorias, irritaciones en los ojos y afecciones en la piel.
Sin embargo, la lluvia también es una bendición. Es el alivio que las áreas verdes esperan con paciencia. Los árboles se tornan más frondosos, las plantas adquieren un verdor intenso e indescriptible, y las flores nos regalan colores vivos y deslumbrantes. Incluso las malezas parecen vestirse de gala, recordándonos que la vida florece incluso en lo más inesperado.
Pero, en medio de este espectáculo natural, el estrés, la prisa constante y cierta ceguera del alma nos impiden apreciar lo que nos rodea.
Entre todas las especies, mi favorita es el algarrobo. Presente en avenidas y calles de Chiclayo, a simple vista puede parecer discreto: alto, de tronco grueso y áspero, con copas frondosas. Sin embargo, en su floración y en la aparición de sus frutos revela su verdadera grandeza. Es una bendición de la naturaleza: alimenta a animales, permite la producción de algarrobina y ofrece sombra y frescura. En los días de intenso calor y bajo un sol inclemente, un algarrobo puede ser la salvación.
Esta mañana, camino al trabajo, observé cómo las plantas espinosas que crecen en los márgenes de las vías rebosaban de un verde vibrante. Incluso las malezas se erguían orgullosas, agradecidas por la lluvia que las hizo renacer donde antes no había nada.
Sabia naturaleza, que nos deleita con sus colores y nos enseña sin palabras. Aprendamos a apreciarla. Detengamos la rutina, miremos a nuestro alrededor y disfrutemos de aquello que, sin costo alguno, nos ofrece bienestar. Hagamos una pausa en nuestra vida cotidiana, respiremos hondo y aprendamos a amar todo lo que nos rodea.
Feliz martes. 🌿


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